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Vocaciones


Autor: José Miguel Núñez

A todos nos preocupa. Pero creo que en no pocas ocasiones equivocamos la estrategia cuando hablamos de vocaciones a la vida consagrada. Nos reunimos para estudiar encuestas y tendencias, planificar estrategias, preparar subsidios, proyectar encuentros creativos o plantear cursos de acompañamiento espiritual. Y nos damos cuenta de que no es suficiente. Siempre he rechazado, por otra parte, una conclusión tan precipitada como simplista: no tenemos vocaciones porque no somos fieles y no las merecemos. Quien así afirma ha perdido las referencias y se mueve por la vida con una teología equivocada. El fenómeno de la fecundidad vocacional en occidente, naturalmente, es más complejo y depende de muchos más factores que no podemos analizar en pocas líneas. Pero, ciertamente, algún interrogante sobre nuestra capacidad de interpelar es honesto ponerlo. Si hemos dejado de ser significativos en una sociedad plural y compleja como la nuestra, es necesario que nos paremos un poco a preguntarnos por qué. Puede que haya que cambiar el punto de partida en nuestra animación vocacional. Quizás debamos prestar más atención a la fragilidad de nuestra vida religiosa y a nuestra pasión por Dios. Los jóvenes buscan en nosotros personas sólidas con un testimonio creíble y coherente de la propia fe. No podemos seguir viviendo cediendo terreno al activismo y haciendo que nuestra experiencia espiritual se debilite por falta de atención, de pausa, de cuidado. Es imposible seguir adelante con experiencias comunitarias alejadas de una efectiva fraternidad evangélica. No somos creíbles si nuestro estilo de vida sucumbe a la tentación de la mediocridad y la prisa. Probablemente este camino renovador no solucione de un plumazo todas las dificultades que encontramos a nuestro alrededor para ser fecundos vocacionalmente. Pero nos hará más auténticos y más propositivos. Y no tendremos miedo a decir a algunos “ven y ve”. Porque descubrirán una comunidad de personas profundamente creyentes, apasionadas por Dios, fraternas y acogedoras, en el corazón del mundo – sin complejos – (también desde la clausura), al servicio sin medida de los más pobres. Lo demás, es cosa de Dios.

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