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“Don Rua no hay más que uno” (Don Bosco)


Autor: José Miguel Núñez

Hoy 29 de octubre, la Familia Salesiana celebra la memoria de Miguel Rua, hijo, discípulo y continuador de la obra de Don Bosco. Su figura se hace más grande con la perspectiva que da el tiempo. Como bien dijo Pablo VI en la homilía de su beatificación, si Don Bosco fue el manantial, Don Rua fue el cauce del río por el que el carisma salesiano se abrió al mundo entero.

Fundada la Congregación salesiana en 1959 y tras una rápida y asombrosa expansión, la tarea de Don Bosco se centró en la consolidación de la obra naciente y en su proyección hacia el futuro. Se trataba, sobre todo, de asegurar la identidad carismática del proyecto que Dios le había confiado.

Había que pensar más allá. ¿Cómo asegurar el proyecto apostólico del Fundador cuando éste ya no estuviese entre los suyos? Los últimos años antes de la muerte de Don Bosco, la cuestión de su sucesión al frente de la Congregación salesiana no estaba todavía resuelta.

Ciertamente, la figura de Don Rua, junto a Don Bosco desde niño y su principal colaborador en tosas sus empresas, destacaba por encima de los demás. Su conocimiento de la realidad, su cercanía a Don Bosco, su gran talla espiritual y sus dotes de organización, su experiencia al frente de las delicadas misiones que le habían sido encomendadas le hacían ser un candidato óptimo para suceder al Fundador.

Cuenta Don Ceria en la “Vida de Don Rua” que en una ocasión en 1879, al retorno de América, el propio Don Bosco preguntó al Cardenal Cagliero sobre esta cuestión. Le habló de tres nombres que a él le parecían posibles y eventuales sucesores. La respuesta de Juan Cagliero no se hizo esperar:

“Quizás más tarde; pero actualmente no hay más que uno: Don Rua”

Don Bosco lo miró y asintió como queriendo decir, tienes razón, y añadió:

“¡No tenemos más que un Don Rua! El ha sido siempre el brazo derecho de Don Bosco”.

Pero Cagliero insistió:

“No solamente el brazo derecho, sino también la cabeza, el ojo, el espíritu y el corazón”.

Tenía razón el Cardenal. Don Rua era una personalidad excepcional. Aprendió todo de Don Bosco y se esforzó por vivir fielmente cuanto compartió con él en los primeros tiempos del Oratorio en Valdocco y en el nacimiento de la Congregación.

Testigo privilegiado de la primera historia salesiana, se convertirá el mismo en historia viviente llevando adelante la Congregación en el cambio de siglo y lanzándola decididamente hacia el futuro en clara fidelidad dinámica con respecto a los orígenes.

Tez morena y corazón llagado


Autor: José Miguel Núñez

Sabemos bien que en la historia de nuestro pueblo se han cumplido muchas veces las palabras de Jesús: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has revelado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla (Lc 10, 21). Así es, sin ninguna duda, en la vida y en la historia de Sor Eusebia Palomino. Nacida en el seno de una familia muy pobre, sus orígenes son más que humildes y su trayectoria vital está marcada por la necesidad, la dependencia de la solidaridad ajena y el trabajo en edad temprana. De tez morena, poca estatura e ingenio despierto, Eusebia creció con una extraordinaria sensibilidad religiosa que, acompañada con el clima familiar y la transmisión de la sencilla fe de sus padres, forjaron en ella una personalidad fuertemente creyente. Dócil al Espíritu, se dejó modelar por Él y la gracia hizo maravillas en su corazón joven. Conoció a Don Bosco en contacto con las Hijas de María Auxiliadora en Salamanca. Frecuentó el Oratorio y se identificó de inmediato con la espiritualidad salesiana a la que María Mazzarello puso rostro femenino. Junto a ellas, abrigó el deseo de convertirse, también ella, en monumento vivo a la Virgen. Trabajó con mucha humildad para merecer, a pesar de su poca preparación intelectual, formar parte del Instituto. Eusebia estaba convencida de que “si cumplo con diligencia mis deberes tendré contenta a la Virgen María y podré un día ser su hija en el Instituto”. Y así fue. Dios, en su providencia, preparó el camino para que en agosto de 1922 pudiera comenzar su noviciado. El Señor la colmó de bienes y, como siempre sucede a los humildes, la llevó en la palma de su mano con un amor de predilección. Por fin su sueño se vio cumplido. El 5 de agosto de 1924 profesó como Hija de María Auxiliadora consagrándose al Señor para siempre. En su corazón un plegaria humilde que le acompañará toda la vida: “Señor, tú eres mi Dios, fuera de ti no tengo ningún bien…” Valverde del Camino sería su Valdocco particular, su personal Mornese. Allí pasaría toda su vida salesiana, desde 1924 hasta 1936. A pesar de un rechazo inicial hacia aquella monja tan poquita cosa, pronto comenzó a ganarse el corazón de las niñas y jóvenes que venían a la escuela, al oratorio, a la catequesis. Para todas tenía una palabra de bondad y un gesto amable. Se preocupaba por cada una, se interesaba por sus familias, a todas hacía el bien. Trabajó en los oficios más humildes y, como le sucedió a la gran santa de Ávila, encontró a Dios entre los pucheros. Contemplativa, llevó adelante al mismo tiempo una imponente acción caritativa en el pueblo. Algunos huevos, unas naranjas, un poco de sopa, un pedazo de pan… todos encontraban la puerta trasera de la cocina abierta sin que la mano derecha supiese lo que hacía la izquierda. Con la mirada profética y la visión que Dios da a los puros de corazón contempló el futuro invitando siempre a la esperanza. Su corazón llagado se identificó hasta el extremo con el amor de su Señor crucificado. Uniendo su destino con el de su Maestro, entrego la vida por puro amor hasta el final. Su muerte fue un grito desgarrador en las entrañas de cuantos la conocieron. Su vida, un signo luminoso de la presencia de Dios que hace cosas grandes con los más pequeños. Una vez más, los humildes son levantados para confundir la presunción de los poderosos. En Eusebia, el Evangelio de los pobres se hace Buena Noticia encarnada en una piel morena y un corazón atravesado. Sor Eusebia de los pobres, ruega por nosotros.

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