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5. LAS PREOCUPACIONES DE DON BOSCO


Autor: José Miguel Núñez

Los últimos meses de 1853 fueron muy difíciles en el Oratorio de Valdocco. La casa se iba consolidando, los muchachos eran cada vez más, la necesidades cada día más urgentes… y Don Bosco con una deuda a la que no sabía cómo hacer frente.

Una vez más recurre a sus benefactores pidiendo a unos y otros una ayuda económica para hacer frente a una situación que llevaba camino de hacerse desesperada. Como le escribe al Señor Conti (un señor influyente en la ciudad) en noviembre, Don Bosco está de deudas “hasta el cuello”.

Su carta de enero de 1854 al Conde SolarodellaMargherita no deja lugar a dudas de lo angustioso de la situación y refleja a las mil maravillas el genio de Don Bosco antes las dificultades:

“El encarecimiento de todos los alimentos, el número creciente de jóvenes abandonados, la disminución de muchos donativos que me hacían algunos particulares y que ya no me llegan… Todo esto me tiene sumido en tal necesidad que ya no sé cómo salir de ella. Sin contar muchos otros gastos, la factura del panadero para este trimestre es elevadísima y no sé de dónde sacar el dinero. Hay que comer. Y si yo niego un pedazo de pan a estos jóvenes en peligro y ‘peligrosos’ (está subrayado aposta en la carta), los expongo a grandes riesgos para su alma y para su cuerpo…”

Son, realmente, las preocupaciones de Don Bosco por mantener y llevar adelante su obra en momentos de gran necesidad. Su espíritu emprendedor le hará desenvolverse con creatividad para hacer frente a estas situaciones que arriesgaban de hacerse crónicas por la progresiva e imparable complejidad del Oratorio.

Sabemos que a finales del mes de enero, Don Bosco organizará una nueva lotería para paliar la falta de recursos. En la circular de presentación de la misma, el buen sacerdote escribe:

“Las graves necesidades en las que me encuentro en este año debido a los múltiples gastos en los tres oratorios erigidos en esta ciudad para la juventud en peligro me obligan a recurrir a la beneficencia pública…”

El corazón de pastor de Don Bosco se las ingeniaba para buscar recursos. En el centro de sus desvelos estaban sus muchachos abandonados y en peligro a los que cada día había que dar de comer, alojar y vestir.

Pero en medio de tantas dificultades y estrecheces, Don Bosco sigue adelante ampliando su proyecto. Un par de años antes, había sido inaugurada la nueva iglesia de San Francisco de Sales; ese mismo año de 1854 estará listo el nuevo edificio que prolongaba la casa Pinardi en ángulo recto y en paralelo con la iglesia; al final del año, Don Bosco abrirá nuevas clases y nuevos talleres en el oratorio; en febrero de 1855, tan solo un año más tarde, Don Bosco anunciaba al obispo Gastaldi la compra de un terreno delante de la Iglesia de San Francisco de Sales (1258 m2) para nuevas clases y talleres… ¡Increíble!

¡Don Bosco era furbo(listo)! Pero su furbizzia no era más que la expresión de una caridad pastoral emprendedora y creativa que no se paraba nunca, cuando del bien de sus muchachos se trataba. Eran las preocupaciones de un pobre cura que quiere lo mejor para sus hijos, pero era también el genio de un pastor que se sabía conducido por una estrella que siempre indicaba el camino.

4. DON BOSCO, SIN UN CENTIMO


Autor: José Miguel Núñez

Cuenta el fiel secretario Viglietti en su crónica que el 16 de agosto de 1886 Don Durando, prefecto de la Congregación, entró en la habitación de Don Bosco y cogió todo el dinero del que Don Bosco disponía en ese momento para poder hacer frente a pagos imperiosos de la casa.

Apenas salió de la habitación, entró una persona que esperaba para ver a Don Bosco y del que el secretario no ha trascrito el nombre. El anónimo personaje se sintió sorprendido al escuchar de Don Bosco:

- Perdone si le he hecho esperar. Ha venido el prefecto de la Congregación y se ha llevado todo el dinero que tenía… y aquí ha quedado el pobre Don Bosco sin un céntimo…

- Pero Don Bosco… y si en este momento usted tuviera urgente necesidad de una suma, ¿cómo haría?

- ¡Oh, la Providencia!, dijo Don Bosco.

- Providencia, providencia… está bien… exclamó aquel Señor. Pero ahora está sin dinero y si tuviese necesidad no dispondría de nada.

Cuenta Viglietti que Don Bosco lo miró con calma; sonriendo y con una mirada “inspirada” le dijo a aquel señor que fuera a la antesala y que allí encontraría una persona que traía un donativo para Don Bosco.

- ¿Cómo dice? ¿De verdad? ¿Y quién se lo ha dicho?

- Nadie me lo ha dicho… Yo lo sé y lo sabe María Auxiliadora. Vaya, vaya a ver.

Se acercó a la antesala y, en efecto, allí había un señor al que le preguntó:

- ¿Viene usted a ver a Don Bosco?

- Sí… vengo a entregar un donativo a Don Bosco.

Todos se quedaron de piedra. La Providencia. Siempre la Providencia. La que nunca abandonó a Don Bosco y siempre salió al paso de sus necesidades por muy acuciantes que éstas fueran. Don Bosco lo sabía y confiaba.

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