Blog

11. DON BOSCO, EL ALMA DEL ORATORIO


Autor: José Miguel Núñez

A pesar de los años y de la progresiva madurez de la obra de Don Bosco, éste no dejó nunca de cuidar la “casa madre”. Valdocco estará siempre presente en su corazón y aunque la mente y los sueños volaban lejos, su alma permanecía unida al Oratorio y su anhelo pastoral lo mantenía en medio de sus jóvenes aunque físicamente estuviese lejos y se prolongaran más de la cuenta sus ausencias de Turín.

En febrero de 1870, durante una de sus estancias en Roma, escribe a Don Rua:

“Aunque en Roma no me ocupe únicamente de la casa y de nuestros jóvenes, sin embargo mi pensamiento vuela siempre donde tengo mi tesoro en Jesucristo, a mis queridos hijos del Oratorio. Varias veces al día mi mente les hace una visita”.

Valdocco vive un periodo de madurez y Don Bosco hace navegar la creciente Congregación con las velas desplegadas. Nuevas fundaciones, nuevas fronteras, nuevos proyectos. Su actividad es incansable y su industriosa creatividad parece no tener límites. Su corazón, sin embargo, está en Valdocco.

Vale la pena descubrir en estos años de expansión y desarrollo no sólo al Don Bosco fundador e impulsor de una gran obra sino también al Don Bosco director y animador espiritual del Oratorio. Aunque pasaba largos periodos fuera, cuando estaba en casa se dedicaba en cuerpo y alma a la atención a las personas, a la confesión, a la animación de los chicos, al acompañamiento de los salesianos, al despacho de cuestiones domésticas… Aún cuando estaba ausente, su acción inspiradora ejercía un influjo más que notable y su palabra era iluminadora para sus más inmediatos colaboradores.

Don Bosco fue siempre el alma del Oratorio. Hasta sus últimos días. Aún enfermo y con pocas fuerzas, su actividad fue impresionante y su influjo decisivo. Ya postrado y recluido en su habitación muchas horas al día, recibía aún visitas, atendía asuntos de la casa, daba las buenas noches, confesaba… Para todos tenía una palabra, un gesto amable, una indicación que tomar en consideración. Para muestra, un botón. Escribe su secretario personal, Don Viglietti, en su crónica el día 10 de abril de 1886 (menos de dos años antes de su muerte):

“Esta mañana Don Bosco tuvo muchas visitas (…) Después de comer, los jóvenes tuvieron un poco de alegría con la actuación de la banda (…) Don Bosco dio a todos un dulce; los jóvenes no cabían en sí de gozo por tener a Don Bosco con ellos. Papá está bastante bien, se le han calmado los dolores y está muy contento”.

Las actividades continuaron por la tarde recibiendo personas, pronunciando una conferencia y recibiendo donativos. Don Bosco tenía setenta y un años y estaba ya muy enfermo. Pero su corazón seguía latiendo y su latido era el de Valdocco. Como lo había sido en las últimas cuatro décadas. Era su casa, su familia, la tierra de la promesa hecha definitivamente realidad. Desde la atalaya de sus muchos años y del largo camino recorrido aquel viejo sacerdote seguirá siendo el alma de una heredad sólo concedida a los de corazón grande y mirada ancha. Más allá de confines y de la muerte su espíritu, el espíritu de Valdocco, seguirá dando vida a las casas salesianas de todos los tiempos.

10. ESTOY CANSADO A MÁS NO PODER


Autor: José Miguel Núñez

En plena actividad, cuando la obra de Don Bosco se consolidaba, nuestro padre desarrollaba una actividad extraordinaria con calendarios imposibles, empresas agotadoras y mil actividades que lo llevaban de un sitio a otro sin apenas tiempo para descansar. En julio de 1877, Don Bosco (62 años) escribe a Don Rua desde Marsella confiándole:

“Estoy cansado a más no poder…”.

Pero no sólo lo expresaba con claridad el propio Don Bosco a sus más cercanos colaboradores. A su alrededor, muchos temían que su salud se quebrantase seriamente. Era la sensación también de Don Barberis, que así lo expresa en la pequeña crónica del Oratorio que llevaba adelante. Su fiel secretario sabía bien que Don Bosco no estaba bien y que el agotamiento estaba haciendo mella en él.

En efecto, lleva adelante en aquel tiempo una actividad incansable: dirige el Oratorio en Valdocco; es el Rector Mayor de una congregación naciente con 17 obras y más de 300 salesianos e impulsa también el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora; se ocupa personalmente de las nuevas fundaciones no solo fuera de Turín sino fuera de Italia como las de Niza o Marsella; se entrevista con las autoridades civiles; acepta encargos delicados del Papa Pio IX; no puede dejar de buscar recursos económicos para el sostenimiento de sus obras; escribe y revisa nuevas publicaciones; comienza con la publicación del Boletín Salesiano; predica ejercicios espirituales, retiros, novenas… y da conferencias aquí y allá; prepara la tercera expedición misionera en América en la que participan por primera vez las Hijas de María Auxiliadora; pone en marcha la preparación del primer Capítulo General de la Congregación Salesiana; prepara la segunda edición de las Constituciones Salesianas y encarga ¡mil copias! Y tantas otras cosas…

En plenitud de fuerzas, Don Bosco es un volcán en erupción. Tiene la mirada larga. Ve a lo lejos. Se pone manos a la obra y no escatima fuerzas para impulsar una obra titánica. Y aún, aquel año de 1877 el desgaste fue enorme tratando de conciliar posiciones con Monseñor Gastaldi con quien las relaciones se habían puesto muy difíciles y acabarían con importantes condenas de parte del Arzobispo imponiendo a Don Bosco una suspensión lataesententiaede la facultad de confesar. Al cansancio físico se añadía un sufrimiento aún mayor, la preocupación por la incomprensión y la ruptura con su superior.

“Estoy hecho pedazos…”, escribirá el mismo mes de julio, días más tarde de nuevo a Don Rua desde Alassio. Cansado y roto, Don Bosco no para. Seguirá adelante sin frenar su actividad. La tenacidad y la fortaleza de ánimo sólo podían venir de una convicción: Dios me sostiene. Una interioridad fuera de lo común que lo hacía estar muy unido al Señor en todas las circunstancias. Una esperanza inquebrantable sostenida por una fe recia y expresada en una caridad pastoral con tonos de heroicidad. Este era el secreto de Don Bosco: una vida enraizada en Dios, una existencia teologal.

Profundamente hombre, profundamente santo.

Gastado. Como una sotana vieja. Así concluyó sus días quien no escatimó esfuerzos para llevar adelante la obra de Dios. No es extraño que nos legara su herencia: “trabajo, trabajo, trabajo…”, por la gloria de Dios y el bien de las almas.

¿Quieres saber más sobre nosotros?